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Maruja Mallo, pseudónimo de Ana María Gómez González (Viveiro, Lugo, 5 de enero de 1902 - Madrid, 6 de febrero de 1995), fue una pintora surrealista española.
Con 20 años, viaja a Madrid en 1922 para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en donde estudió hasta 1926. Allí se relaciona con artistas, escritores y cineastas como Salvador Dalí, Federico García Lorca, Margarita Manso, Luis Buñuel, María Zambrano o Rafael Alberti, con el que mantiene una relación hasta que conoce a María Teresa León. En 1927 forma parte de la denominada Primera Escuela de Vallecas con Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, Luis Castellanos entre otros y, de la mano de Miguel Hernández, descubre estéticamente Castilla la Nueva.
Durante la década de los 20 trabaja asimismo para numerosas publicaciones literarias como La gaceta literaria, El almanaque literario o la Revista de Occidente y realiza portadas de varios libros. Ortega y Gasset conoce sus cuadros en 1928 y le organiza una exposición en los salones de la Revista de Occidente. Exhibió diez óleos que representaban poblados llenos de sol, toreros y manolas, así como estampas coloreadas de maquinaria, deportes y cine de principios de siglo. La exposición fue todo un acontecimiento cultural en Madrid, y también punto de partida para que Maruja fuera juzgada por su obra y no por su condición femenina.

Años 30 y Segunda República Española

En 1932 obtiene una pensión de la Junta de Ampliación de Estudios para ir a París donde conoce a René Magritte, Max Ernst, Joan Miró y Giorgio de Chirico y participa en tertulias con André Breton y Paul Éluard. Allí comienza su etapa surrealista. Su pintura cambió radicalmente y alcanzó la maestría, tanto que el mismo Breton le compró en 1932 el cuadro titulado Espantapájaros, obra poblada de espectros que hoy es considerada una de las grandes obras del surrealismo.
Regresó a Madrid y participó activamente en la Sociedad de Artistas Ibéricos. Para entonces había adquirido tal notoriedad que el gobierno francés compró uno de sus cuadros para exponerlo en el Museo Nacional de Arte Moderno.
En 1933, Maruja Mallo comprometida con la República, se dedicó a enseñar dibujo y cerámica en el abulense Instituto de Arévalo. Un año más tarde, estudió matemáticas y geometría a fin de aplicarlos en su obra, principalmente en la cerámica.
A partir de 1936, comienza su etapa constructiva, mientras que sigue exponiendo con los pintores surrealistas en Londres y Barcelona. Participa como docente en las Misiones Pedagógicas, que la acercan a su tierra natal, Galicia, donde a los pocos meses le sorprende la Guerra Civil Española. Desde allí huye a Portugal. Toda su obra cerámica de esta época es destruida en la guerra. Poco tiempo después, su amiga Gabriela Mistral, embajadora de Chile, la ayudó a trasladarse a Buenos Aires, donde siguió pintando, dando clases y cultivando amistades, entre ellas, Pablo Neruda.


Exilio

En Argentina recibe un rápido reconocimiento, colabora en la famosa revista de vanguardia Sur, en la que también participaba Borges. Es una etapa de su vida en la que se dedica a viajar, vive entre Uruguay y Buenos Aires, y a diseñar, pintar, en definitiva a crear y crear. También se suceden las exposiciones, París, Brasil y Nueva York.
De su paso por Buenos Aires, el Museo del Dibujo y la Ilustración, atesora en su colección dos temperas sobre papel, representando animales mitad real y mitad fantásticos.
A los 37 años publicó el libro Lo popular en la plástica española a través de mi obra (1939), y empezó a pintar especialmente retratos de mujeres, cuyo estilo es precursor del arte pop estadounidense.
Comienza en el exilio su etapa cósmica, dedicada a recrear la naturaleza sudamericana con su serie de Marinas. En cuanto se instaura el peronismo en Argentina, Maruja deja el país y se traslada a Nueva York, para regresar a España en 1965, tras veinticinco años de exilio.


Vuelta al España

La que fuera una de las grandes figuras del surrealismo de preguerra es casi una desconocida en su tierra y su vida pública desaparece. Pero no le importó, se instaló en la calle Núñez Balboa de Madrid, y casi como un símbolo dibuja de nuevo la portada de la Revista de Occidente.
En 1979, comenzó su última etapa pictórica con Los Moradores del vacío, tenía ya 77 años, pero aún conservaba esa frescura y vitalidad que la acompañaría durante toda su vida.
En la década de los 90 le ofrecieron varias exposiciones y premios, como la Medalla al Mérito en las Bellas Artes y el Premio de Artes Plásticas de Madrid.
El 6 de febrero de 1995, muere en Madrid a los 93 años.


Homenajes

En Vivero, su ciudad natal esta prevista la construcción de un museo permanente y un centro de estudios de su obra.